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Mucho más que un par de centímetros

chupete diamantes

chupete diamantes

Crecer implica mucho más que ganar altura. Por suerte, yo ya hace un par de años que dejé de ganar altura. Apenas debo haber crecido dos centímetros en los últimos 3 años. Y es que con 1’96cm ya me basta. Casi, casi me aventuraría a decir que me sobran. O más bien que me faltan un par de centímetros de cama, en algunos lugares de techo y no estaría de más conseguir un par de centímetros de diámetro corporal, que no es lo mismo que de barriga. Pero, como os decía, crecer implica mucho más. En tres años puede que mi estatura no haya variado mucho, pero lo que sí que ha variado, de una forma alucinante, ha sido mi cabecita.

El mundo, mi mundo, ya no es lo que era. Los colores de las cosas han cambiado. Muchos astros han caído como estrellas fugaces a la vez que asistía al nacimiento de constelaciones enteras. He bajado muchos peldaños pero también he sido capaz de escalar un par de montañas. Varias de mis convicciones más equivocadas han terminado en el cajón de los platos rotos y me he agenciado gafas nuevas para redescubrir este mundo con ópticas totalmente diferentes.

Y todo esto no es algo que haya conseguido hacer en un día. Ni tan siquiera en siete. Y eso que en siete días, dicen las malas lenguas, el supremo consiguió construir este mundo, lleno de desperfectos, pero mundo al fin y al cabo. Cuánto he tardado y cuándo empezó todo. No lo se. Ni tampoco quiero saberlo. Supongo que es algo progresivo. No creo que un día te despiertes y digas “a la mierda todo lo sabido hasta ahora”. Más bien es un proceso lento y trabajado como el de la creación de estalactitas y estalagmitas. Además, no es una metamorfosis originada única y exclusivamente por el propio individuo. El entorno juega, como en todo, un papel fundamental. Un entorno que, huelga decir, es cambiante como la vida misma y tanto puede servirnos para bien como para mal. En fin, que os voy a contar que no sepáis. Tan solo puedo compartir mi experiencia.

Hace ya uno o dos años tuve una conversación de este carácter con mi buen amigo Pedro. Nos veíamos más personas. Más responsables pero igual de zumbados. Hablábamos de temas variopintos y con criterio. Hace mucho menos, un mes aproximadamente, repetí conversación con otro amigo, con Bernat. Los tres tenemos la misma edad, pero él llego a la misma conclusión tiempo después. Esto me hizo pensar. Enseguida descarté la posibilidad de ser yo más maduro que él o él más infantil que yo. Tenemos una educación parecida, gustos similares, vamos a los mismos sitios, escuchamos más o menos, con ciertas discrepancias, la misma música y consumimos el mismo tipo de videojuegos, series, películas… Entonces, ¿por qué él hoy, yo ayer y este otro mañana? Es curioso ver este fenómeno pasar por delante de tus narices. Cuando yo creí darme cuenta de que había cambiado me sentí realizado, diferente, nuevo. Al ver que a Pedro le pasaba más de lo mismo y casi al tiempo, me sentí reforzado. Pero, al reconocer esta mismo sensación en Bernat, tiempo después de haber sido yo quien la padeciera, redescubrí que la vida es cambiante y que todo es para nunca (la frase de “nada es para siempre” la encuentro demasiado cursi y peliculera –además es el nombre de una serie-).

Y a todo esto. En qué he cambiado. En todo y en nada. En mucho. Pero también he tenido cambios muy pequeños. Y es que, como dice un querido profesor mío, “las opiniones, queridos amigos, no deben ser como nuestros culos”. Solo faltaría eso, que pudiésemos cambiar de culo cada dos por tres. Así que ale, ya sabéis, los culos, en el culo y las opiniones, cambiando y mejorando, en la cabecita.

Unos y otros

P1013880Dícese de un chico que pasaba desapercibido. Era alto, pero sin destacar por su altura, de complexión normal, pero bien plantado, y de pelo castaño acompañado de una barba de dos días cuidada a su manera. Andaba con la cabeza alta, sin esconderse de nada ni de nadie. Eso sí, su mirada siempre permanecía perdida en el más allá. Muchos le conocían y otros tantos sabían de su existencia, pero ninguno de aquellos tenía información suficiente sobre su vida, sus gustos, sus quehaceres… ni tan siquiera nadie era capaz de hablar sus costumbres. Vamos, un chico cualquiera, un tanto reservado y con un cierto aspecto despreocupado.

Un día algo cambió en él. Esa barba de dos días cuidada a su manera se convirtió en una suerte de barba de cuatro días ciertamente descuidada. Parecía más bajo, su mirada jugueteaba con las baldosas y su andar firme ya no era tal. Aún así nadie se preocupó por pedirle qué le pasaba. Dos o tres se dignaron a cuchichear a su espalda. Incluso hubo quién se rió de su ridículo peinado. Es decir, hubo quien se rió de que el chico no se hubiera peinado en días, parecía que en siglos. Pero, el mundo siguió su curso. Y él, el suyo.

Al día siguiente, dicho chico volvía a presentar su peculiar normalidad.

De lo que sí se percataron muchos, al tiempo, era de que ella llevaba dos días sin ir a clase. Su mejor amiga aseguraba haberla visto por última vez días atrás con cierto aspecto de estar incubando una gripe de competición. Pero la amiga, ni era médico ni sabía mucho de enfermedades. Además, en aquellos tiempos el móvil aún no era una realidad e Internet parecía una palabra de chinos. Así que nadie le dio tampoco más vueltas. Y es que 3 días, empezando a contar el viernes y saltándonos el fin de semana, no eran para tanto.

Y otro día pasó. El chico empezó a cambiar. Por motu propio se abrió a los demás, se hizo más visible de cara al mundo que le rodeaba y comenzó a soltar prenda sobre su vida y sus intimidades. Muchos descubrieron en él un verdadero diamante en bruto. El cambió le llevó pocas semanas. Quedaba con gente, empezó a conocer un par de chicas, su aspecto se fue modernizando y su barba, ante vista con cierto regusto agrio, fue modelo a seguir.

A todo esto, ella no volvió. Llevaba solo un año en la ciudad y sus padres no se relacionaban mucho con los demás. Eran una de esas familias que viven para trabajar y que se encierran en la intimidad de sus muros para no tener que dar cuentas a nadie. Raro era que su hija fuera tan extrovertida, pero esto pasa incluso en las mejores familias. Y esa, no era precisamente de las mejores. Su mejor amiga se buscó otra muy mejor amiga. El chico que la rondaba se fijó un nuevo objetivo. Y aquí paz, y después gloria.

Nadie se dio cuenta de la jugada.
Nadie asoció una cosa a la otra.
Nadie fue tan mal pensado como para ver en la, entrecomillada, desaparición de una el auge del otro.

Tan solo un par de voces hablaron de rarezas. Desapariciones, asesinatos, malas gentes, mala vida… en fin, fantasías del populacho.

O tal vez no.

Sexo, drogas y Rock’n'Roll

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Imagínate una habitación llena de vida, pero vacía a la vez. Construye en tu mente cuatro paredes pintadas de un blanco ya caduco y decoradas con viejas leyendas del Rock’n’Roll. Busca en esa habitación un sofá de cuero negro, una alfombra marrón con algún dibujo a rombos. Fíjate en las humedades que empiezan a crecer en una de las esquinas superiores. Date cuenta de que hay repartidas por la sala un par de botellas de cerveza, una de whiskey y un vaso a medio vaciar. Busca ahora esa caja de cigarrillos sin tapa, a la antigua usanza. Está tirada junto al sofá, en el suelo, donde también yace, vacía pero amable nuestra botella de whiskey. Sigue observando la sala y estudia detenidamente la mesa. En ella se han derramado muchas más copas de las que puedas contar, pero sin embargo mantiene esa figura inquietante que toda mesa debe presentar. Y como no, sobre ella hay cartas, un mechero, un cenicero desbordado y un mando a distancia. La tele está apagada, es mediana. Pero lo que realmente te está llamando la atención es la mesita de los vinilos. Medio centenar de ellos se descubren ante ti, y en aquel viejo tocadiscos, un lp reluciente no para de girar. Suena You can’t always get what you want – Rolling Stones. Y entonces lo entiendes todo. No hace falta nada más. No hace falta decir de quién es esa habitación. No hace falta buscar una persona que se haya bebido ese whiskey o esas cervezas. Tal vez fueron más de dos y más de tres. Tampoco prestas ya atención a las drogas que sabes que están en la habitación. Todo tiene sentido.

Después de imaginarte esto, de recrearlo en tu cabeza y de darle una forma y un sentido no seré yo quien te diga la conclusión que debes sacar. Tan solo te diré que tú ya lo sabes. No importa darle muchas vueltas, más que nada porque así es la vida.

Sexo, drogas y Rock’n’Roll

Un breve

p3079486Acabo de bajar a la calle, son más de las 12 de la noche de un miércoles cualquiera y me he encontrado con cuatro o cinco vividores jugando a patear un balón en una plazoleta recientemente inaugurada en mi barriada. Gentes de mal vivir, pero que viven mejor que nadie. Son aquellos a los que catalogamos como, seguramente de forma prejuiciosa, de desechos sociales y cuyo futuro es incierto a la vez que poco acogedor. Personas que no se agarran a la vida, si no que van dando bandazos cual navío a la deriva. Hombres y mujeres de corta experiencia vital y menor background cultural cuya meta en la vida parece ser la de vivir el momento al máximo sin pensar en el por qué, o en el qué vendrá.

Entonces es cuando me pido si son ellos quienes se equivocan. O por el contrario soy yo el equivocado. Y es que yo he tomado un camino totalmente diferente, tal vez no sea el más sacrificado de todos, pero quiero creer que es el más sensato. Cierto es que el camino que han elegido aquellos que malean y malviven viviendo como reyes, no es el más fructífero, ni el más sano ni saludable. Pero es el camino más ameno y entretenido, y en él, los baches terminan siendo pequeñas variaciones de rumbo sin importancia, más que nada porque no existe una meta fijada. Es, creo yo, el camino fácil. El del Carpe diem llevado al extremo más irracional. Un camino que no es camino y que no lleva a ninguna parte. O tal vez sí.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”

Internet, el nuevo mundo

vuelo-sin-motorUna de mis aficiones es la de hacer skimboard. Es un deporte que se practica en la orilla de las playas, en aguas estancadas, en pequeños riachuelos y demás y que consiste en deslizarte con una tabla (de madera, fibra, un híbrido…) por el agua haciendo un par de filigranas. Pues bien, hace ya tres años que me dedico a destrozarme pies, piernas, torso, brazos, manos e incluso cabeza intentando cualquier estupidez sobre la tabla. Y como no, busco en la red a gente de todo el mundo que haga lo mismo. Por suerte existen muchos sitios web dedicados al skimboard, pero pocos de ellos hablan sobre el flatland o inland skimboarding (que es el que practico yo; también se puede practicar skimboard contra ola orillera, pero eso en España, y sobretodo en Mallorca, es muy difícil porque no tenemos este tipo de olas). Como en todo deporte extremo, y si no mirad las heridas de guerra que muestran mis pies, existe gente entregada a él y que hace todo lo posible por sacarlo a delante y conseguir que crezca. Esto es lo que hacen, websites como www.tydlemag.com. Un portal que nos ofrece una revista online gratuita y que habla sobre el skimboarding.
Es gratificante ver como hay gente que apuesta por lo que quiere. Y, a la vez, fascinante ver como los medios de comunicación, en este caso Internet, son parte indispensable para dar a conocer una realidad. John Minns, miembro de www.kayotics.com y editor de la revista tydlemag.com comenta en las páginas de su segundo volumen la importancia de comunicar. Y es que para crear un imperio, para levantar algo de la nada, o simplemente para hacer que nuestras voces se oigan es indispensable comunicarnos. Hoy en día, gracias a Intenet, esto es más fácil que nunca. Un claro ejemplo es este propio blog, que no es más que un espacio en el que plasmar mis ideas y preocupaciones con el anhelo de que algún día alguien de con ellas y les preste atención.
Pero ahora estamos hablando de algo más serio. Del nacimiento de un nuevo mundo. No conocía, hasta la fecha, ninguna revista digital como la que he encontrado en tydelmag.com. Cabe reconocer que mi interés por ella viene dado por mi afición al skim y por ser la primera revista de este índole. Como iba diciendo, es muy interesante observar como una idea, siempre que cuente con el mínimo apoyo exigido, puede convertirse en mucho más que una simple idea. Puede llegar a ser toda una realidad. Es la creación de un imperio desde sus bases. Pero, para ello, y como cita también Minns “every reader counts” (cada lector cuenta)
¿Qué sería de una televisión sin sus audiencias, o de un periódico sin sus lectores?
Pero esto va más allá. Entramos en un mundo gratuito, aunque no altruista, en el que se nos ofrece un producto que hemos demandado y a cambio solo se nos pide nuestra participación activa con él. Es decir, se nos da lo que queremos, pidiéndonos que le seamos fieles. Y esto es grandioso.
Ya no es hablar de un deporte y otro. De una moda o de un grupo de música. Es hablar de sueños, ideales e ilusiones que se hacen realidad. Es hablar de gente que cree en algo y lo saca adelante gracias al calor de aquellos que simpatizan con ellos. Es, en definitiva, hablar de un nuevo mundo que crece y se hace mayor gracias a sus habitantes.


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