Archivos para la Categoría 'mi mundo y yo'

Momentos únicos

pruebas cuarto 008 copiaLa verdadera relajación del cuerpo y mente es algo maravilloso. Este estado de ensoñación constante, con la cabeza casi nubosa de lo despejada que está y la cara que permanece inalterablemente risueña, todo junto configura una sensación mágica. La postura más cómoda para permanecer aplatanado en cualquier rincón llega sin previo aviso. La música, elemento fundamental para crear un clima que roce la perfección, ayuda a adormecer aún más los sentidos y consigue que igualemos el ritmo de nuestros latidos al de su armonía.

Por suerte, más que por desgracia, estos momentos no se dan demasiado a menudo. Y muchas veces llegan de improviso. Por eso son tan mágicos. Son momentos, normalmente, de soledad. Dulce y apacible soledad. Puede que por nuestra cabecita se nos pase alguien con quien compartir tan extraordinario momento, pero en el fondo lo que queremos es regalárnoslo a nosotros. Sólo a uno mismo. Es un tiempo de no reflexión. No hace falta ponerse a pensar o a darle vueltas a nada. Pasa lo que tiene que pasar y por nuestra sesera fluye lo que toca fluir. Y nada nos molesta o distrae. Es un momento casi eterno. De duración variable y final imprevisto.

Cuando a uno le llegan estos momentos lo mejor es disfrutar. Y si es posible, darles un final perfecto y feliz dejando a nuestro cuerpo desconectar por completo del mundo que nos rodea para poder así despertar más vivos e ilusionados de vivir que nunca.

Con lo fácil que es ser feliz y lo difícil que nos lo ponemos día a día.

suspiros

35Andaba despacio. Cauto y sigiloso, no quería llamar la atención. Sus pasos eran lentos y pesados. Se movía con rumbo fijo pero mirada perdida. Parecía como si fuese su cuerpo y no su mente quien dirigiese su esqueleto. Su cara reflejaba seriedad. Los brazos, caídos, apenas daban señas de vida. Su pelo, corto, no se inmutaba ante el viento que se estaba levantando. Y todo él seguía su camino. Intentar descifrar qué es lo que le pasaba por la cabeza sería misión, cunado menos, imposible. Sus ojos empanados no dejaban penetrar en su interior. Y aún menos expresiva era su boca, entrecerrada por el semblante serio, aunque a la vez preocupado, que mostraba el joven extraño.

El resto del mundo seguía rodando. Nada ni nadie se paró a observar aquella extraña figura. Nadie pareció darse cuenta de la existencia de aquel joven taciturno que, a su manera, destacaba dentro de un mundo frenético y activo, dentro de un mundo vivo.

¿Qué estará pasando por su cabeza? ¿Qué le puede haber pasado? ¿A qué está apunto de enfrentarse? ¿Por qué esa inexpresividad alarmantemente expresiva? ¿Por qué?

Siguió andando. Las calles se le antojaban como una pista de obstáculos, pero al revés. Con rumbo fijo, eran los demás quienes se apartaban de su camino. Y el seguía a lo suyo. Su mirada, ni alta ni baja, no se cruzaba con la de ningún otro mortal. Y de repente se paró. En seco. Alzo la mirada para observar a su alrededor. Una chispa pareció brotar de sus ojos a la vez que su cara reflejaba una inquietante mueca mezcla de alivio y felicidad. Clamó, con calma, al cielo con los brazos y levantó la vista al sol para ofrecerle un suspiro y una sonrisa. Entonces, dio media vuelta y, poseído por un espíritu renovado, lleno de fuerza y vigor, emprendió el camino de vuelta.

¿Qué pasó en ese momento? Nadie lo sabe, tan solo él. No existe problema sin solución.

Mirar atrás

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Mirar atrás es un ejercicio poco recomendable hoy en día. Y es que tal y como están los tiempos más nos vale no ponernos nostálgicos y anhelar aquel tiempo pasado que fue mejor. No lo digo por ser catastrofista, ni tampoco lo expreso como rendición ante esta crisis mundial que ahora nos parece insuperable. Tal vez lo diga porque he cometido el error de mirar atrás he mirado atrás.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar


Esto decía Machado, versos que después cantaría Serrat
. Y cuanta razón tenía uno al versarlo y el otro al cantarlo. “Golpe a golpe, verso a verso…” No es malo lo andado, todo lo contrario, el camino ya recorrido es increíblemente bonito y enriquecedor. Pero forma parte del pasado. Y de lo ya vivido, uno no puede vivir. Tendemos a tenerle miedo al futuro, al cambio, a lo diferente y desconocido hasta el momento. Adoptamos una postura defensiva ante todo aquello que se sale de la norma, ante todo aquello que no sigue el camino que creíamos debería haber seguido. El recelo se apodera de nosotros ante una senda tortuosa aunque llena de posibilidades. Pero en el fondo sabemos que debemos seguir. Y lo hacemos. Eso sí, nunca cerramos puertas a nuestro paso. Preferimos dejar por abrir algunas de las que se nos cruzan por delante antes de dar portazo a aquellas por las que ya hemos pasado. Suerte que funcionamos así. De este modo no perdemos nuestras raíces. No abandonamos nuestras costumbres y tampoco dejamos en el olvido aquello que, ahora caduco, en su tiempo fue toda una revolución. Y es que a veces es mejor hacerlo así. O tal vez no. Tal vez nuestra historia es cíclica y repetitiva por esta mala costumbre del ser humano. Pero que más da. Nos gusta guardar lo olvidado pero, procuramos recordarnos que de poco sirve mirar atrás.

Joan Manuel Serrat – Caminante no hay camino (goear.com)

Fuego en Ciutat

Como dice el dicho: que una mala noticia no te arruine un buen titular.

Pues bien, después de un largo periodo de inactividad vuelvo a la carga. Y lo hago hablando, esta vez, del pueblo y sus fiestas. Aquí en Mallorca, esta última semana, hemos celebrado del tirón las fiestas de Sant Antoni y las de Sant Sebastià. Y en todas ellas ha reinado un mismo denominador común, el fuego.

El colofón final de las fiestas tuvo lugar el pasado domingo con un espléndido Correfoc. Para aquellos que no estéis familiarizados con el término, tan solo os puedo explicar, grosso modo, que se trata de un pasacalles formado por demonios, bestias y carros que se dedican a escupir fuego y chispas para asustar a los más buenos y reír y hacer sus travesuras con los más malos. Pues bien, este año, a parte de saltar bajo las chispas como un descosido, me he parado a verlo un rato desde fuera. Y es, ciertamente, un espectáculo digno de observar. Es más, invita a participar a todo tipo de públicos. La gente se echa a la calle para participar de la fiesta. Una fiesta en la que es el mal el elemento presente y fiestero. Una celebración en la que el fuego, la risa, el ruido penetrante de los tambores y las locuras y travesuras de los “dimonis” son el centro de todas las miradas. Y es que en el fondo, no somos tan buenos. La lujuria y el pecado, vestidos de hombres con cuernos y fuego en las manos, nos unen a todos bajo un baile de espiras y chispas del que todos participamos con la única intención de montar, como diríamos en mallorquín “un poc de gresca” (un poco de fiesta).

Pero ya puestos, y vista mi falta de inventiva a la hora de relatar una verdadera revuelta callejera, aprovecharé la ocasión para hacer un par de apuntes más.

Hace ya mucho tiempo que divago sobre un mismo tema: los estados de ánimo. Y siempre llego a la misma conclusión. Yo, particularmente y egoístamente yo, me dedico a expresar mis sentimientos por escrito cuando estoy triste o cabreado, o por el contrario, cuando estoy sumamente aburrido. En este caso, es el aburrimiento quien me obliga a aporrear teclas. Aunque enfocándolo con otra lente, podemos llegar a la conclusión de que escribo cuando tengo un poco de tiempo libre. Y es que si uno se aburre, es porque no tiene nada que hacer. Y podríamos decir Nada, con n mayúscula y todas sus letras. Pero bueno, supongo que esto en el fondo no es malo. Pues quiere decir que estoy bastante ocupado a lo largo del día (y de las semanas) como para no tener tiempo (libre) para dedicárselo a las letras. Si bien, esta reflexión también le hace un flaco favor a mi modo de organización dándole una soberana patada en los bemoles haciéndome ver que no tengo narices de dedicarle un espacio constante y continuo al efímero arte de construir frases con un mínimo de sinsentido.

En fin, más de lo mismo.

Volviendo a los inicios. Que bonito es ver una ciudad tomada por la muchedumbre. Un pueblo reunido para festejar lo que sea y como sea. Una masa de gente ingente con ganas de fiesta y diversión, siempre dentro de los límites de la ética y la legalidad. Que bonito es ver la catedral (la de Palma, por supuesto) iluminada por el fuego y amenazada por cientos de antorchar que terminan por dar paso a la música clásica y la ópera acompañada de un bien merecido espectáculo pirotécnico.

Aquellas pequeñas cosas…

No recuerdo si ya he versado sobre esto antes, pero me parece que vale la pena dedicarle cuatro líneas. Es muy habitual oír a alguien decir que la vida en sí misma no vale nada, que lo que realmente tiene valor en ella son aquellas pequeñeces, aquellos detalles casi insignificantes que la llenan. En cierto grado, esto es lo más lógico que he oído en siglos. Es decir, está claro que todos y cada uno de los granitos de arena de un arenal son vitales para el propio arenal. Además, cada uno tiene su lugar, si función, su por qué. Pero, no podemos obviar que es también el arenal mismo el que le da virtud y valor a cada uno de sus pequeños e insignificantes granos de arena.

Es lo mismo que sumar dos más dos: siempre te dará cuatro. Y cuatro es un total, pero a su vez es el resultado de sumar dos más dos; o lo que es lo mismo, es la unidad de cuatro unidades. Joder, si seguimos así no acabaremos nunca.

¿Por qué hablamos de “aquellas pequeñas cosas” que llenan nuestras vidas?

Pues creo que lo hacemos para resaltarlas. Para darles más importancia de la que tienen, o darles la importancia que se merecen a sabiendas de que si no se la damos nosotros, nadie se la dará. Hablamos de aquellas pequeñeces que nos llenan, metafóricamente hablando, para darles un sentido más amplio y para regocijarnos en su existencia. No acostumbramos a decir “que bello es vivir”. Craso error. Parece como si despreciásemos el todo. ¿A caso un constructor magnifica una de sus obras destacando los productos utilizados y la maquinaria requerida? ¿Adora el pinto el pincel, o es el cuadro lo que adora? Es como decir que un cirujano se enorgullecería de haber cosido a la perfección a un paciente en lugar de destacar el laborioso trabajo que ha realizado para salvarle, o mejorarle, la existencia.

Pero aun así, en lo más abstracto de la vida, es decir en la vida misma, tendemos a dar por sentado el todo con el claro objetivo de focalizar nuestra existencia a la propia existencia de pequeñeces que hacen que nuestra existencia se mayor, si cabe. Existencia, existencia y más existencia… Que cansina la jodida existencia.
Será quizás que buscamos un sentido a nuestra vida. Queremos creer, y creemos, que somos algo más que unos simples seres humanos que nacen y muere. Más que unos simples animales comunicativos que parecen haber alcanzado un nivel mayor que el resto de los bichos vivientes de este planeta. Quizás queremos demostrar que somos grandes gracias a lo pequeño. O quizás nos asusta ser grandes y por eso nos escudamos detrás de lo más pequeño.

Pero ojo, ¿qué es algo pequeño o insignificante?
Sinceramente, no lo sé. Depende de cada uno. Y sobretodo depende del valor que le queramos dar a cada una de las piezas del puzzle que componen este gran mundo.

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