Como dice el dicho: que una mala noticia no te arruine un buen titular.
Pues bien, después de un largo periodo de inactividad vuelvo a la carga. Y lo hago hablando, esta vez, del pueblo y sus fiestas. Aquí en Mallorca, esta última semana, hemos celebrado del tirón las fiestas de Sant Antoni y las de Sant Sebastià. Y en todas ellas ha reinado un mismo denominador común, el fuego.
El colofón final de las fiestas tuvo lugar el pasado domingo con un espléndido Correfoc. Para aquellos que no estéis familiarizados con el término, tan solo os puedo explicar, grosso modo, que se trata de un pasacalles formado por demonios, bestias y carros que se dedican a escupir fuego y chispas para asustar a los más buenos y reír y hacer sus travesuras con los más malos. Pues bien, este año, a parte de saltar bajo las chispas como un descosido, me he parado a verlo un rato desde fuera. Y es, ciertamente, un espectáculo digno de observar. Es más, invita a participar a todo tipo de públicos. La gente se echa a la calle para participar de la fiesta. Una fiesta en la que es el mal el elemento presente y fiestero. Una celebración en la que el fuego, la risa, el ruido penetrante de los tambores y las locuras y travesuras de los “dimonis” son el centro de todas las miradas. Y es que en el fondo, no somos tan buenos. La lujuria y el pecado, vestidos de hombres con cuernos y fuego en las manos, nos unen a todos bajo un baile de espiras y chispas del que todos participamos con la única intención de montar, como diríamos en mallorquín “un poc de gresca” (un poco de fiesta).
Pero ya puestos, y vista mi falta de inventiva a la hora de relatar una verdadera revuelta callejera, aprovecharé la ocasión para hacer un par de apuntes más.
Hace ya mucho tiempo que divago sobre un mismo tema: los estados de ánimo. Y siempre llego a la misma conclusión. Yo, particularmente y egoístamente yo, me dedico a expresar mis sentimientos por escrito cuando estoy triste o cabreado, o por el contrario, cuando estoy sumamente aburrido. En este caso, es el aburrimiento quien me obliga a aporrear teclas. Aunque enfocándolo con otra lente, podemos llegar a la conclusión de que escribo cuando tengo un poco de tiempo libre. Y es que si uno se aburre, es porque no tiene nada que hacer. Y podríamos decir Nada, con n mayúscula y todas sus letras. Pero bueno, supongo que esto en el fondo no es malo. Pues quiere decir que estoy bastante ocupado a lo largo del día (y de las semanas) como para no tener tiempo (libre) para dedicárselo a las letras. Si bien, esta reflexión también le hace un flaco favor a mi modo de organización dándole una soberana patada en los bemoles haciéndome ver que no tengo narices de dedicarle un espacio constante y continuo al efímero arte de construir frases con un mínimo de sinsentido.
En fin, más de lo mismo.
Volviendo a los inicios. Que bonito es ver una ciudad tomada por la muchedumbre. Un pueblo reunido para festejar lo que sea y como sea. Una masa de gente ingente con ganas de fiesta y diversión, siempre dentro de los límites de la ética y la legalidad. Que bonito es ver la catedral (la de Palma, por supuesto) iluminada por el fuego y amenazada por cientos de antorchar que terminan por dar paso a la música clásica y la ópera acompañada de un bien merecido espectáculo pirotécnico.




