Llevo toda la tarde encerrado en casa. Tirado en el sofá, moribundo. Adormecido por los fármacos y atontado por el catarro. Me siento cargado, cansado y físicamente inútil. Y mira que ayer me sentía como una cabra de monte. Es más, ayer estaba en el monte, haciendo el cabra. Pero eso es harina de otro costal. He empezado a escribir con la absurda esperanza de terminar por recordar un tema que me asaltó en mitad de una ducha y que me pareció digno de un post. Y supongo que os hacéis cargo de la rabia que da querer y no poder recordar algo. Así que haremos una cosa muy simple, reconstruir, paso por paso, la escena del crimen.
Estaba yo en la ducha, disfrutando del agua calentita cuando (entre el “cuando” y lo que sigue debéis imaginaros 10 minutos de darle al coco) se me pasó por la cabeza hacer una soberana estupidez, afeitarme sólo un pezón. Sí, me pareció que podía ser divertido coger una cuchilla, eliminar el pelamen de mi pezón derecho y después mostrarle al mundo mi particular forma de afeitarse el cuerpo. Por suerte le di una segunda vuelta al tema y terminé por no hacerlo. Más que nada porque pelarme un pezón supondría terminar afeitándome todo el torso. Y no es que no lo haya hecho, pero en invierno se agradece la presencia del vello. Y aquí empezó todo. El tema más absurdo vino a visitarme en el lugar menos esperado.
¿Cuántas estupideces habré hecho en lo poco que llevo de vida? Pues un par (un par mallorquín, que no son ni dos ni cuatro… ni cinco… son un par). Tampoco son estupideces dignas de la gran pantalla al más puro estilo Jackass 3D, pero tienen su gracia. Recuerdo un verano en el que mi pelo empezaba a ser algo molesto. Estaba en casa de mi vecino, quien disfrutaba de una temporada estival de Rodríguez, cuando le pedí si se veía capaz de raparme el pelo en aquel mismo instante. Y capaz se veía, pero donde caben dos, caben tres. Y llamamos a un amigo para que participase de tal estupidez. El resultado fue un bonito corte de pelo, lleno de trasquilones. Al verano siguiente repetí hazaña. Esta vez al estilo mohicano. Y la verdad es que no hubo que lamentar tanto trasquilón.
Recuerdo otra gran estupidez que me costó los dos codos. Os lo plantearé de la siguiente manera: una escalera de madera con menos de medio metro de margen al final, unas tablas de skim (tablas de madera o fibra de vidrio para hacer el animal en la orilla del mar) y un par de colchones de sofá viejo. Si lo juntáis todo nos tenéis a los tres trasquilacabezas lanzándonos escaleras abajo montados sobre las tablas y con tres o cuatro cojines como única medida de seguridad y frenado. Bueno, eso y mis codos. No conté con que debía recogerlos y bajé la escalera golpeándome los codos con todos y cada uno de los malditos escalones. Si un golpecito mal dado en el codo duele, no querréis saber qué es tener los dos codos morados.
Suma y sigue. Durante otro verano (casi todas las idioteces ocurren en verano) me abrí literalmente el talón del pie izquierdo. Todo empezó pisando una roca en la playa. Me hice una herida de estas que crean una especie de bolsa de sangre interna. A la semana volví a comerme un pedrolo y la herida se abrió. Era verano y está claro que no iba a dejar de ir a la playa por tener una heridita en el pie. Resultado: el pie abierto todo el verano y parte del invierno. Pero abierto de lado a lado. Y cada día me tocaba hurgar en la herida en busca de arena.
Y muchas más que ahora no me vienen a la cabeza. Con todo esto lo que quiero decir es que lo más absurdo y estúpido del mundo termina pasando factura. Puedes jugar con fuego, pero sabes que tarde o temprano terminarás quemándote.




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