El juego de la vida es un juego de sobremesa. Consta de un tablero, unos cochecitos, personajes varios, cartas y dados. Yo sólo he jugado a la versión para PC, pero lo único que cambia es que la suerte no la echas tú, sino el ordenador. El caso es que me resulto gracioso el plantear la vida como un juego. La vida no es más que un tablero lleno de casillas. Y podríamos decir que tenemos una casilla para cada día de nuestra existencia. Y en la vida, al igual que en el juego, la suerte juega su papel. No es lo mismo sacar un seis que un uno. Y no es lo mismo caer en la casilla “a” que en la “b”. Además debemos ir tomando decisiones y rectificar o ratificar nuestros actos sobre la marcha.
Ayer caí en una casilla trampa. Todo empezó bien. Una mañana de lujo, una buena comida, café y hierbas… Pero por la tarde todo se torció. El camino pasó de ser una autopista recién asfaltada a ser carretera estrecha, bidireccional y asfaltada en el 23. Cuando te pasa esto, se te cae el mundo a los pies. Cambias el estado de ánimo y dejas de sonreír. Ya todo lo ves diferente, más oscuro, menos bonito. No puedes pensar. La rabia y la impotencia generada por lo inesperado te paraliza. Cada idea que se te ocurre te aboca a un final infeliz. Odias ese momento y los venideros. Te entran ganas de reventar sandías con el puño cerrado. La has cagado. Entras en una mierda de espiral sin retorno. En ese estado de alteración mental en la que nada ni nadie, excepto tú, te pueden hacer ver la luz. Estas jodido. Pero estás jodido tú, y te has jodido tú. Si consigues respirar, mejor. Y cuando pasa esto lo mejor es pensar que mañana volverá a salir el sol. Que esta noche la almohada te aconsejará. Y que al despertar alguna idea fresca y buena te salvará. Y suele ocurrir. Si no ocurre, espera un poco más.
Ayer por la noche se me terminaba el mundo. Hoy vuelve a nacer.
No es la primera vez que le cito, ni será la última. Gracias, Maestro, por recordarme que “mañana saldrá el sol”.




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