Momentos únicos

pruebas cuarto 008 copiaLa verdadera relajación del cuerpo y mente es algo maravilloso. Este estado de ensoñación constante, con la cabeza casi nubosa de lo despejada que está y la cara que permanece inalterablemente risueña, todo junto configura una sensación mágica. La postura más cómoda para permanecer aplatanado en cualquier rincón llega sin previo aviso. La música, elemento fundamental para crear un clima que roce la perfección, ayuda a adormecer aún más los sentidos y consigue que igualemos el ritmo de nuestros latidos al de su armonía.

Por suerte, más que por desgracia, estos momentos no se dan demasiado a menudo. Y muchas veces llegan de improviso. Por eso son tan mágicos. Son momentos, normalmente, de soledad. Dulce y apacible soledad. Puede que por nuestra cabecita se nos pase alguien con quien compartir tan extraordinario momento, pero en el fondo lo que queremos es regalárnoslo a nosotros. Sólo a uno mismo. Es un tiempo de no reflexión. No hace falta ponerse a pensar o a darle vueltas a nada. Pasa lo que tiene que pasar y por nuestra sesera fluye lo que toca fluir. Y nada nos molesta o distrae. Es un momento casi eterno. De duración variable y final imprevisto.

Cuando a uno le llegan estos momentos lo mejor es disfrutar. Y si es posible, darles un final perfecto y feliz dejando a nuestro cuerpo desconectar por completo del mundo que nos rodea para poder así despertar más vivos e ilusionados de vivir que nunca.

Con lo fácil que es ser feliz y lo difícil que nos lo ponemos día a día.

Mucho más que un par de centímetros

chupete diamantes

chupete diamantes

Crecer implica mucho más que ganar altura. Por suerte, yo ya hace un par de años que dejé de ganar altura. Apenas debo haber crecido dos centímetros en los últimos 3 años. Y es que con 1’96cm ya me basta. Casi, casi me aventuraría a decir que me sobran. O más bien que me faltan un par de centímetros de cama, en algunos lugares de techo y no estaría de más conseguir un par de centímetros de diámetro corporal, que no es lo mismo que de barriga. Pero, como os decía, crecer implica mucho más. En tres años puede que mi estatura no haya variado mucho, pero lo que sí que ha variado, de una forma alucinante, ha sido mi cabecita.

El mundo, mi mundo, ya no es lo que era. Los colores de las cosas han cambiado. Muchos astros han caído como estrellas fugaces a la vez que asistía al nacimiento de constelaciones enteras. He bajado muchos peldaños pero también he sido capaz de escalar un par de montañas. Varias de mis convicciones más equivocadas han terminado en el cajón de los platos rotos y me he agenciado gafas nuevas para redescubrir este mundo con ópticas totalmente diferentes.

Y todo esto no es algo que haya conseguido hacer en un día. Ni tan siquiera en siete. Y eso que en siete días, dicen las malas lenguas, el supremo consiguió construir este mundo, lleno de desperfectos, pero mundo al fin y al cabo. Cuánto he tardado y cuándo empezó todo. No lo se. Ni tampoco quiero saberlo. Supongo que es algo progresivo. No creo que un día te despiertes y digas “a la mierda todo lo sabido hasta ahora”. Más bien es un proceso lento y trabajado como el de la creación de estalactitas y estalagmitas. Además, no es una metamorfosis originada única y exclusivamente por el propio individuo. El entorno juega, como en todo, un papel fundamental. Un entorno que, huelga decir, es cambiante como la vida misma y tanto puede servirnos para bien como para mal. En fin, que os voy a contar que no sepáis. Tan solo puedo compartir mi experiencia.

Hace ya uno o dos años tuve una conversación de este carácter con mi buen amigo Pedro. Nos veíamos más personas. Más responsables pero igual de zumbados. Hablábamos de temas variopintos y con criterio. Hace mucho menos, un mes aproximadamente, repetí conversación con otro amigo, con Bernat. Los tres tenemos la misma edad, pero él llego a la misma conclusión tiempo después. Esto me hizo pensar. Enseguida descarté la posibilidad de ser yo más maduro que él o él más infantil que yo. Tenemos una educación parecida, gustos similares, vamos a los mismos sitios, escuchamos más o menos, con ciertas discrepancias, la misma música y consumimos el mismo tipo de videojuegos, series, películas… Entonces, ¿por qué él hoy, yo ayer y este otro mañana? Es curioso ver este fenómeno pasar por delante de tus narices. Cuando yo creí darme cuenta de que había cambiado me sentí realizado, diferente, nuevo. Al ver que a Pedro le pasaba más de lo mismo y casi al tiempo, me sentí reforzado. Pero, al reconocer esta mismo sensación en Bernat, tiempo después de haber sido yo quien la padeciera, redescubrí que la vida es cambiante y que todo es para nunca (la frase de “nada es para siempre” la encuentro demasiado cursi y peliculera –además es el nombre de una serie-).

Y a todo esto. En qué he cambiado. En todo y en nada. En mucho. Pero también he tenido cambios muy pequeños. Y es que, como dice un querido profesor mío, “las opiniones, queridos amigos, no deben ser como nuestros culos”. Solo faltaría eso, que pudiésemos cambiar de culo cada dos por tres. Así que ale, ya sabéis, los culos, en el culo y las opiniones, cambiando y mejorando, en la cabecita.

Unos y otros

P1013880Dícese de un chico que pasaba desapercibido. Era alto, pero sin destacar por su altura, de complexión normal, pero bien plantado, y de pelo castaño acompañado de una barba de dos días cuidada a su manera. Andaba con la cabeza alta, sin esconderse de nada ni de nadie. Eso sí, su mirada siempre permanecía perdida en el más allá. Muchos le conocían y otros tantos sabían de su existencia, pero ninguno de aquellos tenía información suficiente sobre su vida, sus gustos, sus quehaceres… ni tan siquiera nadie era capaz de hablar sus costumbres. Vamos, un chico cualquiera, un tanto reservado y con un cierto aspecto despreocupado.

Un día algo cambió en él. Esa barba de dos días cuidada a su manera se convirtió en una suerte de barba de cuatro días ciertamente descuidada. Parecía más bajo, su mirada jugueteaba con las baldosas y su andar firme ya no era tal. Aún así nadie se preocupó por pedirle qué le pasaba. Dos o tres se dignaron a cuchichear a su espalda. Incluso hubo quién se rió de su ridículo peinado. Es decir, hubo quien se rió de que el chico no se hubiera peinado en días, parecía que en siglos. Pero, el mundo siguió su curso. Y él, el suyo.

Al día siguiente, dicho chico volvía a presentar su peculiar normalidad.

De lo que sí se percataron muchos, al tiempo, era de que ella llevaba dos días sin ir a clase. Su mejor amiga aseguraba haberla visto por última vez días atrás con cierto aspecto de estar incubando una gripe de competición. Pero la amiga, ni era médico ni sabía mucho de enfermedades. Además, en aquellos tiempos el móvil aún no era una realidad e Internet parecía una palabra de chinos. Así que nadie le dio tampoco más vueltas. Y es que 3 días, empezando a contar el viernes y saltándonos el fin de semana, no eran para tanto.

Y otro día pasó. El chico empezó a cambiar. Por motu propio se abrió a los demás, se hizo más visible de cara al mundo que le rodeaba y comenzó a soltar prenda sobre su vida y sus intimidades. Muchos descubrieron en él un verdadero diamante en bruto. El cambió le llevó pocas semanas. Quedaba con gente, empezó a conocer un par de chicas, su aspecto se fue modernizando y su barba, ante vista con cierto regusto agrio, fue modelo a seguir.

A todo esto, ella no volvió. Llevaba solo un año en la ciudad y sus padres no se relacionaban mucho con los demás. Eran una de esas familias que viven para trabajar y que se encierran en la intimidad de sus muros para no tener que dar cuentas a nadie. Raro era que su hija fuera tan extrovertida, pero esto pasa incluso en las mejores familias. Y esa, no era precisamente de las mejores. Su mejor amiga se buscó otra muy mejor amiga. El chico que la rondaba se fijó un nuevo objetivo. Y aquí paz, y después gloria.

Nadie se dio cuenta de la jugada.
Nadie asoció una cosa a la otra.
Nadie fue tan mal pensado como para ver en la, entrecomillada, desaparición de una el auge del otro.

Tan solo un par de voces hablaron de rarezas. Desapariciones, asesinatos, malas gentes, mala vida… en fin, fantasías del populacho.

O tal vez no.

suspiros

35Andaba despacio. Cauto y sigiloso, no quería llamar la atención. Sus pasos eran lentos y pesados. Se movía con rumbo fijo pero mirada perdida. Parecía como si fuese su cuerpo y no su mente quien dirigiese su esqueleto. Su cara reflejaba seriedad. Los brazos, caídos, apenas daban señas de vida. Su pelo, corto, no se inmutaba ante el viento que se estaba levantando. Y todo él seguía su camino. Intentar descifrar qué es lo que le pasaba por la cabeza sería misión, cunado menos, imposible. Sus ojos empanados no dejaban penetrar en su interior. Y aún menos expresiva era su boca, entrecerrada por el semblante serio, aunque a la vez preocupado, que mostraba el joven extraño.

El resto del mundo seguía rodando. Nada ni nadie se paró a observar aquella extraña figura. Nadie pareció darse cuenta de la existencia de aquel joven taciturno que, a su manera, destacaba dentro de un mundo frenético y activo, dentro de un mundo vivo.

¿Qué estará pasando por su cabeza? ¿Qué le puede haber pasado? ¿A qué está apunto de enfrentarse? ¿Por qué esa inexpresividad alarmantemente expresiva? ¿Por qué?

Siguió andando. Las calles se le antojaban como una pista de obstáculos, pero al revés. Con rumbo fijo, eran los demás quienes se apartaban de su camino. Y el seguía a lo suyo. Su mirada, ni alta ni baja, no se cruzaba con la de ningún otro mortal. Y de repente se paró. En seco. Alzo la mirada para observar a su alrededor. Una chispa pareció brotar de sus ojos a la vez que su cara reflejaba una inquietante mueca mezcla de alivio y felicidad. Clamó, con calma, al cielo con los brazos y levantó la vista al sol para ofrecerle un suspiro y una sonrisa. Entonces, dio media vuelta y, poseído por un espíritu renovado, lleno de fuerza y vigor, emprendió el camino de vuelta.

¿Qué pasó en ese momento? Nadie lo sabe, tan solo él. No existe problema sin solución.

Mirar atrás

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Mirar atrás es un ejercicio poco recomendable hoy en día. Y es que tal y como están los tiempos más nos vale no ponernos nostálgicos y anhelar aquel tiempo pasado que fue mejor. No lo digo por ser catastrofista, ni tampoco lo expreso como rendición ante esta crisis mundial que ahora nos parece insuperable. Tal vez lo diga porque he cometido el error de mirar atrás he mirado atrás.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar


Esto decía Machado, versos que después cantaría Serrat
. Y cuanta razón tenía uno al versarlo y el otro al cantarlo. “Golpe a golpe, verso a verso…” No es malo lo andado, todo lo contrario, el camino ya recorrido es increíblemente bonito y enriquecedor. Pero forma parte del pasado. Y de lo ya vivido, uno no puede vivir. Tendemos a tenerle miedo al futuro, al cambio, a lo diferente y desconocido hasta el momento. Adoptamos una postura defensiva ante todo aquello que se sale de la norma, ante todo aquello que no sigue el camino que creíamos debería haber seguido. El recelo se apodera de nosotros ante una senda tortuosa aunque llena de posibilidades. Pero en el fondo sabemos que debemos seguir. Y lo hacemos. Eso sí, nunca cerramos puertas a nuestro paso. Preferimos dejar por abrir algunas de las que se nos cruzan por delante antes de dar portazo a aquellas por las que ya hemos pasado. Suerte que funcionamos así. De este modo no perdemos nuestras raíces. No abandonamos nuestras costumbres y tampoco dejamos en el olvido aquello que, ahora caduco, en su tiempo fue toda una revolución. Y es que a veces es mejor hacerlo así. O tal vez no. Tal vez nuestra historia es cíclica y repetitiva por esta mala costumbre del ser humano. Pero que más da. Nos gusta guardar lo olvidado pero, procuramos recordarnos que de poco sirve mirar atrás.

Joan Manuel Serrat – Caminante no hay camino (goear.com)

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