Dícese de un chico que pasaba desapercibido. Era alto, pero sin destacar por su altura, de complexión normal, pero bien plantado, y de pelo castaño acompañado de una barba de dos días cuidada a su manera. Andaba con la cabeza alta, sin esconderse de nada ni de nadie. Eso sí, su mirada siempre permanecía perdida en el más allá. Muchos le conocían y otros tantos sabían de su existencia, pero ninguno de aquellos tenía información suficiente sobre su vida, sus gustos, sus quehaceres… ni tan siquiera nadie era capaz de hablar sus costumbres. Vamos, un chico cualquiera, un tanto reservado y con un cierto aspecto despreocupado.
Un día algo cambió en él. Esa barba de dos días cuidada a su manera se convirtió en una suerte de barba de cuatro días ciertamente descuidada. Parecía más bajo, su mirada jugueteaba con las baldosas y su andar firme ya no era tal. Aún así nadie se preocupó por pedirle qué le pasaba. Dos o tres se dignaron a cuchichear a su espalda. Incluso hubo quién se rió de su ridículo peinado. Es decir, hubo quien se rió de que el chico no se hubiera peinado en días, parecía que en siglos. Pero, el mundo siguió su curso. Y él, el suyo.
Al día siguiente, dicho chico volvía a presentar su peculiar normalidad.
De lo que sí se percataron muchos, al tiempo, era de que ella llevaba dos días sin ir a clase. Su mejor amiga aseguraba haberla visto por última vez días atrás con cierto aspecto de estar incubando una gripe de competición. Pero la amiga, ni era médico ni sabía mucho de enfermedades. Además, en aquellos tiempos el móvil aún no era una realidad e Internet parecía una palabra de chinos. Así que nadie le dio tampoco más vueltas. Y es que 3 días, empezando a contar el viernes y saltándonos el fin de semana, no eran para tanto.
Y otro día pasó. El chico empezó a cambiar. Por motu propio se abrió a los demás, se hizo más visible de cara al mundo que le rodeaba y comenzó a soltar prenda sobre su vida y sus intimidades. Muchos descubrieron en él un verdadero diamante en bruto. El cambió le llevó pocas semanas. Quedaba con gente, empezó a conocer un par de chicas, su aspecto se fue modernizando y su barba, ante vista con cierto regusto agrio, fue modelo a seguir.
A todo esto, ella no volvió. Llevaba solo un año en la ciudad y sus padres no se relacionaban mucho con los demás. Eran una de esas familias que viven para trabajar y que se encierran en la intimidad de sus muros para no tener que dar cuentas a nadie. Raro era que su hija fuera tan extrovertida, pero esto pasa incluso en las mejores familias. Y esa, no era precisamente de las mejores. Su mejor amiga se buscó otra muy mejor amiga. El chico que la rondaba se fijó un nuevo objetivo. Y aquí paz, y después gloria.
Nadie se dio cuenta de la jugada.
Nadie asoció una cosa a la otra.
Nadie fue tan mal pensado como para ver en la, entrecomillada, desaparición de una el auge del otro.
Tan solo un par de voces hablaron de rarezas. Desapariciones, asesinatos, malas gentes, mala vida… en fin, fantasías del populacho.
O tal vez no.



Acabo de bajar a la calle, son más de las 12 de la noche de un miércoles cualquiera y me he encontrado con cuatro o cinco vividores jugando a patear un balón en una plazoleta recientemente inaugurada en mi barriada. Gentes de mal vivir, pero que viven mejor que nadie. Son aquellos a los que catalogamos como, seguramente de forma prejuiciosa, de desechos sociales y cuyo futuro es incierto a la vez que poco acogedor. Personas que no se agarran a la vida, si no que van dando bandazos cual navío a la deriva. Hombres y mujeres de corta experiencia vital y menor background cultural cuya meta en la vida parece ser la de vivir el momento al máximo sin pensar en el por qué, o en el qué vendrá.


