Unos y otros

P1013880Dícese de un chico que pasaba desapercibido. Era alto, pero sin destacar por su altura, de complexión normal, pero bien plantado, y de pelo castaño acompañado de una barba de dos días cuidada a su manera. Andaba con la cabeza alta, sin esconderse de nada ni de nadie. Eso sí, su mirada siempre permanecía perdida en el más allá. Muchos le conocían y otros tantos sabían de su existencia, pero ninguno de aquellos tenía información suficiente sobre su vida, sus gustos, sus quehaceres… ni tan siquiera nadie era capaz de hablar sus costumbres. Vamos, un chico cualquiera, un tanto reservado y con un cierto aspecto despreocupado.

Un día algo cambió en él. Esa barba de dos días cuidada a su manera se convirtió en una suerte de barba de cuatro días ciertamente descuidada. Parecía más bajo, su mirada jugueteaba con las baldosas y su andar firme ya no era tal. Aún así nadie se preocupó por pedirle qué le pasaba. Dos o tres se dignaron a cuchichear a su espalda. Incluso hubo quién se rió de su ridículo peinado. Es decir, hubo quien se rió de que el chico no se hubiera peinado en días, parecía que en siglos. Pero, el mundo siguió su curso. Y él, el suyo.

Al día siguiente, dicho chico volvía a presentar su peculiar normalidad.

De lo que sí se percataron muchos, al tiempo, era de que ella llevaba dos días sin ir a clase. Su mejor amiga aseguraba haberla visto por última vez días atrás con cierto aspecto de estar incubando una gripe de competición. Pero la amiga, ni era médico ni sabía mucho de enfermedades. Además, en aquellos tiempos el móvil aún no era una realidad e Internet parecía una palabra de chinos. Así que nadie le dio tampoco más vueltas. Y es que 3 días, empezando a contar el viernes y saltándonos el fin de semana, no eran para tanto.

Y otro día pasó. El chico empezó a cambiar. Por motu propio se abrió a los demás, se hizo más visible de cara al mundo que le rodeaba y comenzó a soltar prenda sobre su vida y sus intimidades. Muchos descubrieron en él un verdadero diamante en bruto. El cambió le llevó pocas semanas. Quedaba con gente, empezó a conocer un par de chicas, su aspecto se fue modernizando y su barba, ante vista con cierto regusto agrio, fue modelo a seguir.

A todo esto, ella no volvió. Llevaba solo un año en la ciudad y sus padres no se relacionaban mucho con los demás. Eran una de esas familias que viven para trabajar y que se encierran en la intimidad de sus muros para no tener que dar cuentas a nadie. Raro era que su hija fuera tan extrovertida, pero esto pasa incluso en las mejores familias. Y esa, no era precisamente de las mejores. Su mejor amiga se buscó otra muy mejor amiga. El chico que la rondaba se fijó un nuevo objetivo. Y aquí paz, y después gloria.

Nadie se dio cuenta de la jugada.
Nadie asoció una cosa a la otra.
Nadie fue tan mal pensado como para ver en la, entrecomillada, desaparición de una el auge del otro.

Tan solo un par de voces hablaron de rarezas. Desapariciones, asesinatos, malas gentes, mala vida… en fin, fantasías del populacho.

O tal vez no.

suspiros

35Andaba despacio. Cauto y sigiloso, no quería llamar la atención. Sus pasos eran lentos y pesados. Se movía con rumbo fijo pero mirada perdida. Parecía como si fuese su cuerpo y no su mente quien dirigiese su esqueleto. Su cara reflejaba seriedad. Los brazos, caídos, apenas daban señas de vida. Su pelo, corto, no se inmutaba ante el viento que se estaba levantando. Y todo él seguía su camino. Intentar descifrar qué es lo que le pasaba por la cabeza sería misión, cunado menos, imposible. Sus ojos empanados no dejaban penetrar en su interior. Y aún menos expresiva era su boca, entrecerrada por el semblante serio, aunque a la vez preocupado, que mostraba el joven extraño.

El resto del mundo seguía rodando. Nada ni nadie se paró a observar aquella extraña figura. Nadie pareció darse cuenta de la existencia de aquel joven taciturno que, a su manera, destacaba dentro de un mundo frenético y activo, dentro de un mundo vivo.

¿Qué estará pasando por su cabeza? ¿Qué le puede haber pasado? ¿A qué está apunto de enfrentarse? ¿Por qué esa inexpresividad alarmantemente expresiva? ¿Por qué?

Siguió andando. Las calles se le antojaban como una pista de obstáculos, pero al revés. Con rumbo fijo, eran los demás quienes se apartaban de su camino. Y el seguía a lo suyo. Su mirada, ni alta ni baja, no se cruzaba con la de ningún otro mortal. Y de repente se paró. En seco. Alzo la mirada para observar a su alrededor. Una chispa pareció brotar de sus ojos a la vez que su cara reflejaba una inquietante mueca mezcla de alivio y felicidad. Clamó, con calma, al cielo con los brazos y levantó la vista al sol para ofrecerle un suspiro y una sonrisa. Entonces, dio media vuelta y, poseído por un espíritu renovado, lleno de fuerza y vigor, emprendió el camino de vuelta.

¿Qué pasó en ese momento? Nadie lo sabe, tan solo él. No existe problema sin solución.

Mirar atrás

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Mirar atrás es un ejercicio poco recomendable hoy en día. Y es que tal y como están los tiempos más nos vale no ponernos nostálgicos y anhelar aquel tiempo pasado que fue mejor. No lo digo por ser catastrofista, ni tampoco lo expreso como rendición ante esta crisis mundial que ahora nos parece insuperable. Tal vez lo diga porque he cometido el error de mirar atrás he mirado atrás.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar


Esto decía Machado, versos que después cantaría Serrat
. Y cuanta razón tenía uno al versarlo y el otro al cantarlo. “Golpe a golpe, verso a verso…” No es malo lo andado, todo lo contrario, el camino ya recorrido es increíblemente bonito y enriquecedor. Pero forma parte del pasado. Y de lo ya vivido, uno no puede vivir. Tendemos a tenerle miedo al futuro, al cambio, a lo diferente y desconocido hasta el momento. Adoptamos una postura defensiva ante todo aquello que se sale de la norma, ante todo aquello que no sigue el camino que creíamos debería haber seguido. El recelo se apodera de nosotros ante una senda tortuosa aunque llena de posibilidades. Pero en el fondo sabemos que debemos seguir. Y lo hacemos. Eso sí, nunca cerramos puertas a nuestro paso. Preferimos dejar por abrir algunas de las que se nos cruzan por delante antes de dar portazo a aquellas por las que ya hemos pasado. Suerte que funcionamos así. De este modo no perdemos nuestras raíces. No abandonamos nuestras costumbres y tampoco dejamos en el olvido aquello que, ahora caduco, en su tiempo fue toda una revolución. Y es que a veces es mejor hacerlo así. O tal vez no. Tal vez nuestra historia es cíclica y repetitiva por esta mala costumbre del ser humano. Pero que más da. Nos gusta guardar lo olvidado pero, procuramos recordarnos que de poco sirve mirar atrás.

Joan Manuel Serrat – Caminante no hay camino (goear.com)

Sexo, drogas y Rock’n'Roll

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Imagínate una habitación llena de vida, pero vacía a la vez. Construye en tu mente cuatro paredes pintadas de un blanco ya caduco y decoradas con viejas leyendas del Rock’n’Roll. Busca en esa habitación un sofá de cuero negro, una alfombra marrón con algún dibujo a rombos. Fíjate en las humedades que empiezan a crecer en una de las esquinas superiores. Date cuenta de que hay repartidas por la sala un par de botellas de cerveza, una de whiskey y un vaso a medio vaciar. Busca ahora esa caja de cigarrillos sin tapa, a la antigua usanza. Está tirada junto al sofá, en el suelo, donde también yace, vacía pero amable nuestra botella de whiskey. Sigue observando la sala y estudia detenidamente la mesa. En ella se han derramado muchas más copas de las que puedas contar, pero sin embargo mantiene esa figura inquietante que toda mesa debe presentar. Y como no, sobre ella hay cartas, un mechero, un cenicero desbordado y un mando a distancia. La tele está apagada, es mediana. Pero lo que realmente te está llamando la atención es la mesita de los vinilos. Medio centenar de ellos se descubren ante ti, y en aquel viejo tocadiscos, un lp reluciente no para de girar. Suena You can’t always get what you want – Rolling Stones. Y entonces lo entiendes todo. No hace falta nada más. No hace falta decir de quién es esa habitación. No hace falta buscar una persona que se haya bebido ese whiskey o esas cervezas. Tal vez fueron más de dos y más de tres. Tampoco prestas ya atención a las drogas que sabes que están en la habitación. Todo tiene sentido.

Después de imaginarte esto, de recrearlo en tu cabeza y de darle una forma y un sentido no seré yo quien te diga la conclusión que debes sacar. Tan solo te diré que tú ya lo sabes. No importa darle muchas vueltas, más que nada porque así es la vida.

Sexo, drogas y Rock’n’Roll

Un breve

p3079486Acabo de bajar a la calle, son más de las 12 de la noche de un miércoles cualquiera y me he encontrado con cuatro o cinco vividores jugando a patear un balón en una plazoleta recientemente inaugurada en mi barriada. Gentes de mal vivir, pero que viven mejor que nadie. Son aquellos a los que catalogamos como, seguramente de forma prejuiciosa, de desechos sociales y cuyo futuro es incierto a la vez que poco acogedor. Personas que no se agarran a la vida, si no que van dando bandazos cual navío a la deriva. Hombres y mujeres de corta experiencia vital y menor background cultural cuya meta en la vida parece ser la de vivir el momento al máximo sin pensar en el por qué, o en el qué vendrá.

Entonces es cuando me pido si son ellos quienes se equivocan. O por el contrario soy yo el equivocado. Y es que yo he tomado un camino totalmente diferente, tal vez no sea el más sacrificado de todos, pero quiero creer que es el más sensato. Cierto es que el camino que han elegido aquellos que malean y malviven viviendo como reyes, no es el más fructífero, ni el más sano ni saludable. Pero es el camino más ameno y entretenido, y en él, los baches terminan siendo pequeñas variaciones de rumbo sin importancia, más que nada porque no existe una meta fijada. Es, creo yo, el camino fácil. El del Carpe diem llevado al extremo más irracional. Un camino que no es camino y que no lleva a ninguna parte. O tal vez sí.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”

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